Entre árboles
Colorado: La serena gozada del esquí de bosque
Desde que soy capaz de recordar, el bosque, los bosques, siempre han despertado en mí una atracción primordial que, de alguna manera, toca el fondo de mi ser.
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No sé exactamente lo que es. Quizás sea porque desde siempre el bosque ha sido un hábitat generoso y benévolo, en el que el ser humano ha encontrado co­bijo y alimentos con que subsistir; y eso debe de estar grabado en algún código genético bajo mi piel. O bien puede que sólo sea el hechizo que sus juegos de luces y sombras, sus penetrantes fragancias y misteriosos sonidos ejercen sobre mí. El caso es que, sea la estación del año que sea, el bosque me llama. En otra vida debí ser Daniel Boone, o quizás un oso peludo…

A finales de otoño, el bosque subalpino sufre una transformación radical. Poco a poco y con cada borrasca que pasa, el sotobosque va quedando aplastado bajo el peso de la nieve, las criaturas que lo habitan se refugian bajo su colchón ais­lante y con la mayor parte de los pájaros emigrados a climas más benignos, un silencio de ultratumba se cierne sobre la espesura. Durante esos largos meses, sólo los amantes de la dura naturaleza invernal y los esquiadores que conocen las delicias que allí se esconden se internan en las sombrías masas forestales que cubren las montañas a modo de faldas vegetales.

En el abetal de Pittsburgh
La excitación que reina en la cabaña de los Wirths es más densa que una fondue suiza de queso. El grupo de amigos se halla en pleno backcountry de Crested Butte, en la base de las montañas que ponen fin al largo y profundo valle del Slate River, para pasar un fin de semana lúdico. El sólido edificio, construido con las fornidas maderas de los abetales circundantes, desafía contra toda lógica el colosal peso de un paquetazo de nieve producido por uno de los mejores inviernos que se han zapado sobre la zona en los últimos años. Y, además, vuelve a nevar desde ayer por la tarde… lo que es como añadirle leña al fuego de la excitación.

Ayer nos hizo un día radiante y, apremiados por el sol y la buena temperatura, subimos hasta los espacios abiertos de los circos superiores, donde dejamos va­rias palas hechas trizas a base de giros desvirgadores y zigzags de subida. Hoy no podremos hacer nada de eso. Más allá de las cálidas paredes del refugio, una tupida cortina de nieve ha borrado el paisaje, convirtiéndolo todo en una visión difusa y amorfa. Esta mañana toca esquiar bosque. Por suerte, el refugio está situado al pie de uno de los bosques maduros de abetos más bellos de la zona.

Esquiar entre árboles que parecen salidos de “El Señor de los Anillos” durante una nevada intensa y fría es una experiencia profunda y reveladora, como en su día debió ser el momento en que dejaste de ir a gatas por el suelo, y, tambalean­te, diste tus primeros pasos sobre tus rollizas piernas. La nieve amortigua todo sonido y un silencio de catedral, frío y pesado, lo impregna todo. Sólo cuando alcanzaremos la zona superior del bosque, donde nos sacaremos las pieles an­tes de iniciar el descenso, el bramar de la tempestad nos embate y los abetos se zarandean, crujen y escupen nieve. El bosque está majestuoso. Los árboles más pequeños son informes monigotes de nieve y cada vez que rozas alguna de sus ramas, pequeños aludes se desprenden de los árboles mayores, contribuyendo a la atmósfera de “planeta blanco” por el que nos movemos.

La nieve del bosque
En el bosque, recién caída y protegida del viento y de cualquier reflejo solar que pudiera escaparse de entre las nubes, la nieve posee una ligereza que no es de este planeta. Como el pan recién salido del horno, la nieve acaba de caer del cielo, y no hay nada mejor que eso. Reposada e inmaculada, perfectamente seca y fría, la nieve en ese estado todavía conserva toda la complejidad estruc­tural y la elegancia de sus delicadas y misteriosas ramificaciones cristalinas. Los copos de nieve son más de aire que de materia y cuando esquiamos se forman turbulencias y estelas de composición etérea que te engullen y se confunden con la nieve que todavía está cayendo del cielo. Es en este estado de “suspen­sión dinámica” cuando sientes arremeter contra ti la imparable ola de euforia. Primero es un calorcillo en el estómago, luego unas cosquillas de gusto por todo el cuerpo y, finalmente, la risa, simple y pura.

Cada vez que nos reagrupamos, lo hacemos tanto por seguridad como para compartir esa sensación alienígena e indescriptible que estamos experimen­tando en nuestros cuerpos terráqueos. Y claro, después de una bajada hay que hacer otra, y otra… Esa tarde, de vuelta en la calidez de nuestro sepultado refugio, éramos como discos rayados: no podíamos parar de hablar de la experiencia del día. A la mañana siguiente teníamos que volver al pueblo, el sol había sacado la cabeza y hacía viento, lo cual era un consuelo, porque sabíamos que las condiciones en que esquiamos el día anterior no se repetirían y aquella sesión pasaría a convertirse en una leyenda como pocas en nuestras vidas de esquiadores.

Entre Populus Tremuloides
Aquí, en las montañas de Colorado, no tenemos muchas especies de árboles. El frío, la elevada sequedad ambiental y la altitud (el punto más bajo del estado se encuentra a 1.200 m) limitan considerablemente el número de especies capaces de echar raíces por estas tierras. Mientras las coníferas, abetos (abies lasiocarpa) y piceas (picea engelmannii) principalmente dominan la mayor parte del ecosistema forestal de montaña, existe otra especie que es, quizás, la más querida y representativa de todo Colorado: el aspen (Populus Tremuloides). No será el árbol más majestuoso ni el más fornido, pero sin su elegante y vistosa presencia, los bosques de Colorado serían como un jardín sin flores. En otoño, el aspen, o álamo temblón, alegra las montañas con sus amarillos de desmesurada intensidad que contrastan marcadamente con el verde oscuro de las coníferas y hacen las delicias de ciclistas y excursionistas. En invierno, y una vez desnudos, los luminosos bosques de aspens ofrecen otra oportunidad única y trascenden­te para el esquiador.

En los días más fríos del invierno, cuando en Colorado se alcanzan temperatu­ras por debajo de los treinta grados negativos, subir a las cumbres más altas sería una locura. Ir a la estación tampoco es, digamos, que sea algo sumamente atractivo; sólo la visión de estar allí, suspendido en el telesilla convertido en un carámbano colgante, es ya un suplicio. En esos frígidos días, sólo apetece salir a hacer un poco de backcountry en alguna vertiente sur bien protegida y sin subir muy arriba. No deja de ser un hecho curioso y a la vez conveniente el que éste también sea el hábitat preferido del aspen.

Sólo unos días atrás nos topamos con estas mencionadas condiciones “supraex­tremas”. Mi amigo Steve y yo salimos a hacer unos yoyós en un bonito bosque de Populus Tremuloides cercano al pueblo. Después de abrir una traza de subi­da en la que logramos entrar en calor, hicimos múltiples descensos, cada vez escogiendo una línea diferente en el amplio y espaciado bosque maduro, que no siempre es así, porque el aspen es uno de los primeros árboles en recolo­nizar los “cortafuegos” abiertos por los grandes aludes, y en esa fase joven y colonizadora estos arbustos pueden ser una pesadilla de esquiar.

Preservada en su estado de powder puro por los fríos de enero, la nieve estaba deliciosa a pesar de la orientación sur y de que no había nevado desde hacía días. Esquiar en un bosque de álamos temblones es como esquiar en un bos­que de porcelana china. Su corteza suave y blanquecina le da un aspecto frágil y a la vez elegante, que parece como una extensión de la nieve hacía el cielo, y la ausencia de ramas bajas permite acercarte a ellos, rozarlos con tu cuerpo como si fuesen puertas de un trazado de slalom gigante. Los dos disfrutamos como enanos, bajando a base de virajes improvisados y dinámicos, adaptados a las exigencias del terreno y, cómo no, pensando en el frío que debe hacer por allí arriba, más allá del límite del bosque, donde estelas de nieve humean y se arremolinan revelando la presencia del viento. En menos de media hora pode­mos estar en el bar del pueblo tomando un café con leche…

Memorias boscosas
No deja de resultarme interesante que, después de haber esquiado en muchas regiones montañosas de América y Europa, la mayoría de las asociaciones que hago en mi cabeza para recordarlas están más relacionadas con el tipo de bos­que que no con el tipo de montaña. Las montañas, tan bellas como son, también pueden ser decididamente similares a lo largo y ancho del planeta. El bosque es, en este caso, como el atuendo que las viste, y eso hace que me resulte más fácil de recordar (aunque también haya memorables experiencias de desnudez absoluta). Nunca me olvidaré de los abetos retorcidos y rojizos de Alta, de los enormes álamos de Steamboat, de los pinos negros esculpidos por los vientos del Pirineo, etc. Quizás sea que mi mente fotográfica siempre busca la dramática silueta del árbol, la estética de sus formas, o una manera más de contrastar la pequeña figura humana contra la grandeza del mundo natural. O como decía antes, simplemente puede que yo sea un poco como un animal salvaje y ése sea mi hábitat preferido.

Fotos: Xavi Fané

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